El asunto de los pequeños detalles

En busca del tiempo futuro[1], de Andreas Huyssen, me recordó el libro de Jacques Le Goff (Tolón, Francia, 1924 – París, Francia, 2014) El orden de la memoria: el tiempo como imaginario (1977)[2], que nos proponía un viaje desde tiempos lejanos en búsqueda de la génesis de la memoria. En su texto, y si se quiere en un ejercicio que complementa lo investigado por Le Goff, el escritor alemán parte del mundo contemporáneo para analizar la cultura de la memoria que está atravesada por lo que él denomina memorias imaginadas y vividas, pero nos advierte que hablar de cultura es un riesgo para la propia noción de memoria. En este ensayo planeo hablar de dicha cultura de la memoria reconociendo la globalización de la misma y la musealización de la vida cotidiana a la que nos han llevado principalmente los medios de comunicación masivos, desde un diálogo con los postulados de Huyssen.

Observar la línea de tiempo de la memoria desde los años 70 es reconocer un boom de la memoria que hoy en día tiene su máxima expansión. Huyssen trata de explicarlo: en la segunda mitad del siglo XX la humanidad cambió la preocupación sobre el futuro por la del pasado, al quebrarse ideales de condición humana con hechos lamentables como el del Holocausto. Ejemplo de ello es el escenario académico donde la memoria ha sido uno de los conceptos más investigados al lado de otros como espacio, fronteras o estudios poscoloniales. Huyssen recuerda que las academias alemanas en los 70 comenzaron a trabajar lo que llamaron Erlebnisgesellschaft, que significa la sociedad de la vivencia o sociología de la cultura del presente.

Eran los inicios de una cultura de la memoria que se expandió durante los 80 y 90 en países poscomunistas como la ex Unión Soviética, y otros del Medio Oriente y de África. En Estados Unidos este concepto respondió al auge de los testimonios como medios para rememorar hechos históricos. Huyssen cita la serie televisiva Holocausto (Marvin J. Chomsky, 1978) y se apoya en el caso del Museo del Holocausto en Washington para evidenciar una norteamericanización del suceso que “confirma el creciente poder de la cultura de la memoria hacia fines de los 90, pero también hace surgir cuestiones complejas sobre el uso del Holocausto como tropos universal del trauma histórico (…) Es precisamente este surgimiento lo que permite que la memoria del Holocausto se aboque a situaciones específicamente locales, lejanas en términos históricos y diferentes en términos políticos del acontecimiento local” (Huyssen 2000, 4).

Este análisis, que es uno de los puntos problemáticos del texto, me hace pensar en Colombia donde hechos como la Masacre de Bojayá juegan ese papel de “tropos universales” para la opinión pública. Considero que las representaciones más inmediatas sobre el conflicto armado en el país han sido nefastas también porque se han reforzado las fronteras mediáticas entre lo central y lo periférico; es decir, se continúan perdiendo otros territorios históricamente excluidos de los metarrelatos nacionales, que sin duda alguna tienen reflexiones y miradas qué aportar dado que son experiencias construidas desde lo local; sin embargo, el uso que hay en torno a casos como el de Bojayá hace de estos, en palabras de Huyssen, metáforas que difuminan reflexiones sobre las causas y consecuencias del conflicto, lo que en otras palabras quiere decir la incapacidad que tenemos como sociedad para comprender lo que hemos vivido como nación.

Lo anterior me hace tener desconfianza por cómo se está tramando una sociedad después del conflicto armado, desde los actores directos del mismo. Por ejemplo, recordar el evento de perdón que tuvo lugar en Bojayá por parte de las FARC[3] en medio de los diálogos de paz en La Habana me hace pensar en una banalización del propio conflicto, donde ciertas víctimas tienen mayor prevalencia que otras. El acto de pedir perdón por un hecho que resonó a nivel internacional, me desvía la mirada sobre otras comunidades también víctimas de hechos tan trágicos como el de Bojayá. No se trata de realizar espectáculos de perdón en todos los territorios afectados; por el contrario, se trata de hacer esfuerzos que vayan más allá de estancar el pasado desde el perdón, porque incluso en estos escenarios los únicos que siguen siendo escuchados son los victimarios. ¿Acaso será eso lo que queremos meditar?

Por otro lado, ¿qué sucede con comunidades víctimas del progreso de Estado? No es difícil encontrar informes de casos de desplazamiento por conflicto armado, pero se hace complejo buscar referencias desde otro tipo de conflictos como el socioambiental. ¿Cómo estamos construyendo nuestro archivo nacional? En ambas causas, se tratan de sucesos que trasgreden las territorialidades de las comunidades, y sus saberes populares y ancestrales, que en la mayoría de casos son oficios que fueron determinantes para el desarrollo de Colombia en otros tiempos, como por ejemplo los barequeros.

Desde el escenario de los medios de comunicación masivos está perdido el horizonte de la memoria para el país: no podemos entender por conflicto armado un punto aparte en las dinámicas de Colombia; es necesario hilar estos hechos trágicos que han marcado la historia, con otras sucedidas en diferentes contextos, pero que significan la misma pérdida de dignidad humana; quizá allí encontremos otras rutas que nos lleven a reflexiones más profundas y contundentes de las que estamos rodeados ahora mismo. Lamentablemente, producto de estas prácticas mediáticas se continúa musealizando la vida.

Estos tiempos han sido propicios para que los discursos políticos que imperan en el país estén cargados de mensajes sobre el pasado, el perdón, la venganza y la reconciliación, así como de aniversarios, conmemoraciones y monumentos. Nada peor para este momento sociopolítico que tratar de acomodar a la memoria en un punto, manteniéndola quieta, sumisa y aséptica. De esta musealización de lo cotidiano, que Andreas lo llama el marketing masivo de la nostalgia, también está compuesta peligrosamente la cultura de la memoria.

Sin embargo, en la región latinoamericana, en especial en países que sufrieron procesos dictatoriales, hablar de memoria ha sido elemento clave para la movilización y la resistencia social. Era necesario en tiempos de transición crear microrrelatos que leyeran el mundo desde lo local ante la necesidad de buscar historiografías alternativas; hablar de memoria se convirtió en una suerte de escape a los metarrelatos que predominaban en el control y orden social. En busca del tiempo futuro es insistente en este aspecto: los ejercicios de memoria comienzan en escenarios locales, más aún cuando hacerlo desde allí es una práctica a contracorriente ante el ritmo de la globalización, o para ser más específicos, de la memoria globalizada.

La preocupación por las memorias locales y su importancia para la naturaleza de la esfera pública y de la democracia misma, no solo debe estar rodeada de preguntas por cómo asegurarlas, estructurarlas y representarlas, sino también por a quién difundirlas: ¿Memorias locales para qué públicos? Trabajar sobre la memoria es también replantear asuntos preconcebidos sobre las audiencias y no solo sobre los mensajes.

¿Cuáles serían esas otras vías de transmisión que vayan en contraposición con la globalización no solo de la memoria sino de los medios de comunicación? Las memorias locales tienen la capacidad de desacelerar el tiempo y, por lo tanto, de darle mayor calidad del que tenemos actualmente. En ellas podemos encontrar pistas para entender el pasado como un lugar desde donde hemos venido construyendo nuestras identidades, lo que nos puede llevar a resguardar los lugares que hoy habitamos como espacios donde vivimos, y no recordamos, lo que fuimos. En otras palabras, las memorias locales nos evitan musealizar nuestra cotidianidad.

En todo caso, en las memorias “lo real puede ser mitologizado de la misma manera en que lo mítico puede engendrar fuertes efectos de realidad” (Huyssen 2000, 7). Estos finos límites en los que se mueve, convierten a la memoria en un fenómeno social interesante para descomponer las dinámicas sociales en distintos escenarios, por lo que se vuelve necesario el componente político en las narraciones de memoria, donde la opinión pública y el sentido –aunque generalmente utópico- de la democracia se vea fortalecida. Me refiero a una memoria que esté asentada desde las sensaciones y emociones de las personas para construir porvenires colectivos y comunitarios.

Al respecto, Huyssen propone dos categorías: memorias imaginadas, trabajada por Arjun Appadurai (Bombay, India, 1949), y memorias vividas. “La noción es problemática en el sentido de que toda memoria es imaginada, pero aun así permite distinguir entre las memorias basadas en experiencias de vida y aquellas robadas del archivo y comercializadas a escala masiva para su rápido consumo” (Huyssen 2000, 8). Y continúa: “la memoria mediática por sí sola no bastará, por más que los medios ocupen espacios cada vez más grandes en la percepción social y política del mundo” (Huyssen, 2000, p. 9).

¿Qué sucedería si la relación entre la memoria y el olvido estuviera transformándose bajo presiones culturales en las que comienzan a hacer mella las nuevas tecnologías de la información, la política de los medios y el consumo a ritmo vertiginoso? Esta pregunta de Huyssen sugiere pensar que el “prohibido olvidar” es una construcción mediática que nos da razón de la existencia también de un boom por el olvido. A pesar de que mediatizar casos traumáticos puedan terminar por trivializar a los mismos, los medios de comunicación (artísticos, informativos, etc.) tienen en sus manos una herramienta semiótica importante que permite múltiples interpretaciones de los hechos.

La sobrecarga informativa y comunicativa en la que estamos hoy en día, ha dejado una marca en la temporalidad de la humanidad. Cada vez se hace más difícil identificar puntos de giro en la línea de tiempo del humano. “Me atrevería a sugerir que lo que está en cuestión es una transformación lenta pero tangible de la temporalidad que tiene lugar en nuestras vidas y que se produce, fundamentalmente, a través de la compleja interacción de fenómenos tales como los cambios tecnológicos, los medios masivos de comunicación, los nuevos patrones de consumo y la movilidad global” (Huyssen 2000, 13).

En este siglo, los cambios radicales en el orden social son cada vez más imperceptibles y nos lleva a preguntarnos por lo que Hermann Lübbe (Aurich, Alemania, 1926), citado por Huyssen, llama la “extensión del presente”; es decir, el presente cultural que se conforma a partir del tiempo pretérito, ese que acaba de finalizar y el que está por llegar, y que debilita su misma condición de presente; lo que traduce una frágil y poco estable condición del sujeto contemporáneo.

Frente esta crisis de identidad, Lübbe señala a los museos como esos espacios donde reposa lo que fuimos y lo que somos; espacios que demuestran una nostalgia sobre el pasado, pero que en algunos casos caen en un vacío ejercicio de exhibir al pasado como un objeto. Por el contrario, el pasado es un escenario en permanente tensión con el presente y el futuro, que hay que rodear con acciones y metodologías que activen a la memoria como una estrategia para contrarrestar la rapidez con la que circulan imágenes, informaciones, eventos; buscando una vida más contemplativa.

Huyssen advierte otro riesgo de la musealización de la memoria como un intento por asegurarnos continuidad en el tiempo: “Cuanto más rápido nos vemos empujados hacia un futuro que no nos inspira confianza, tanto más fuerte es el deseo de desacelerar y tanto más nos volvemos hacia la memoria en busca de consuelo”, (Huyssen 2000, 17). Estoy de acuerdo con Huyssen porque deja leer entre líneas que la memoria tiene una relevancia principalmente en el presente. Al ser un componente orgánico, no tiene una perdurabilidad ilimitada en la sociedad. Está en constante cambio y relación con su amigo íntimo, el olvido. La memoria “no puede ser almacenada para siempre, ni puede ser asegurada a través de monumentos”, como él dice. Entonces, si la memoria no tiene ese sentido de perdurabilidad, ¿para qué sirve? En busca del tiempo futuro responde que nos valemos de la memoria para sentirnos seguros en el mundo en el que vivimos.

Si nos preguntamos por el sentido de la memoria, se hace necesario preguntarnos también sobre qué recordar y qué no recordar. Aquí identifico en Andreas Huyssen elementos compartidos con Tzvetan Todorov (Sofía, Bulgaria, 1939 – París, Francia, 2017) y su categoría de memoria ejemplar: “tenemos que hacer el esfuerzo de distinguir los pasados utilizables de aquellos descartables. Se requiere discernimiento y recuerdo productivo (…) No podemos permitir que nos domine el miedo al olvido” (Huyssen 2000, 21).

En busca del tiempo futuro es pertinente porque cuestiona los fundamentos desde donde los medios de comunicación leen la sociedad, sugiere giros en los ángulos desde donde están enfocados los esfuerzos por narrar los conflictos e insta a provocar a la memoria desde lo local como representación del tiempo presente. Hay que tener más tacto para identificar esas microhistorias que componen aquello que los medios de comunicación vuelven imperceptibles para la sociedad en general. Se trata de asumir a la memoria como un asunto de pequeños detalles… más vivos de lo que creemos.

“Tal vez aquellos días siempre fueron más un sueño que una realidad, una fantasmagoría surgida a partir de la pérdida y generada por la misma modernidad más que por su historia. Sin embargo, el sueño tiene un poder que perdura, y la vez lo que he llamado la cultura de la memoria sea, al menos en parte, su encarnación contemporánea. Lo que está en cuestión no es, sin embargo, la pérdida de alguna Edad de Oro signada por la estabilidad y la permanencia. En la medida en que nos enfrentamos a los procesos reales de comprensión del tiempo y del espacio, lo que está en juego consiste más bien en el intento de asegurarnos alguna forma de continuidad en el tiempo, de proveer alguna extensión de espacio vivido dentro de la cual podamos movernos y respirar”. (Huyssen 2000, 16).


[1] Huyssen, A. (2000). En busca del tiempo futuro. Argentina: Revista Puentes, año 1, N° 2.

[2] Le Goff, J. (1977). El orden de la memoria: el tiempo como imaginario. Barcelona: Ediciones Paidós.

[3] Discurso disponible en: https://www.farc-ep.co/comunicado/perdon-bojaya.html

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