Ingrid Betancourt - Fotografía: David Franco

Memorias de una política utópica

“Yo sabía que la situación que estaba viviendo era una oportunidad que la vida me ofrecía para interesarme por cosas que solían producirme rechazo. Descubría otra manera de vivir, menos en la acción y más en la introspección. Imposibilitada para actuar sobre el mundo, desplazaba mi energía para actuar en ‘mi mundo’. Quería construir un yo más fuerte, más sólido. Las herramientas que había desarrollado hasta entonces ya no me servían. Necesitaba otra forma de inteligencia, otra forma de valentía y mayor resistencia. El problema era que no sabía cómo lograrlo. Había tenido que pasar más de un año secuestrada para comenzar a cuestionarme a mí misma.

Dios seguramente tenía razón y el Espíritu Santo debía saberlo, pues se obstinaba en no querer interceder a favor de mi libertad.
Tenía mucho por aprender”,

Ingrid Betancourt en No hay silencio que no termine[1].

Para hablar del libro No hay silencio que no termine, de Ingrid Betancourt, parto por reconocer en el conflicto armado de Colombia una guerra entre clases sociales en disputa por la distribución de las riquezas, ya sean naturales o económicas. En este libro me encuentro a Ingrid como una mujer de clase socioeconómica alta, miembro de una familia con historia política que fue secuestrada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) mientras era candidata presidencial en 2002. Por su parte, los guerrilleros son muestra de la clase obrera y campesina que se alzó en armas para reaccionar ante la conformación de un poder centralista que excluía los intereses territoriales de unas comunidades invisibles.

Hay que reconocer que el secuestro de Ingrid Betancourt significó una nueva denominación en la guerra del país: la de rehén político. A pesar de que no fue la primera política secuestrada, la ascendencia francesa de Ingrid y el status político que tenía en el momento de su retención, hacían de este caso uno delicado para la estabilidad política de Colombia. En medio de este suceso, el país estaba ad portas de entrar en el Gobierno más de su historia como República: la llegada de Álvaro Uribe Vélez a la presidencia y con ella, el posicionamiento de una idea de Nación que resuelve los conflictos a punta de disparos, bombas, minas antipersona y falsos positivos, y donde se era héroe únicamente empuñando un arma o vistiendo un camuflado.

Recién secuestrada, Ingrid recuerda cómo fueron esos primeros intentos del Gobierno en tratar de rescatarla:

“Ya están buscándola. Hay combates cerca de la Unión-Penilla. Hay que salir rápido de aquí. ¿Les trajeron sus cosas?

Asentí maquinalmente. Todo lo que César decía me preocupaba. Me habría gustado estar totalmente segura de que mis compañeros estaban a salvo y que serían liberados en poco tiempo. El asunto de los combates en la Unión-Penilla era una fuente de esperanza. No obstante, si había enfrentamientos, corríamos el riesgo de morir”, (Betancourt, 2010, P. 99).

Ante este panorama tan hostil, en No hay silencio que no termine me adentro en testimonios en primera persona de Ingrid en los que pude reconocer, en medio de la guerra, la existencia de humanidad. Considero que la condición del ser humano incluye conflicto y lastimosamente violencia por una idea errada de nuestra posición en la Tierra: creer que los bienes que existen en este lugar del Universo deben responder a nuestra supervivencia como especie; en otras palabras, una idea fallida de existencia. Pero en medio de ello coexiste la solidaridad y el deseo de llevar una vida tranquila como elementos que en este libro son clave para comprender esos momentos en que, tanto secuestrados como secuestradores, se despojan de sus categorías para relacionarse como humanos; es decir, donde ejercemos ese sentido relacional que nos diferencia de otros seres vivos de la naturaleza al interactuar con el otro (la diferencia).

Durante la lectura del libro, caía en la cuenta de que no podía leerlo esperando verdades o revelaciones sobre el conflicto armado en Colombia. Entendí que este escrito si bien contextualiza momentos políticos y sociales del país, no se trataba de un relato histórico sino más bien de unas representaciones que desarrolla la autora a partir de su experiencia de casi siete años secuestrada. Esa palabra, representación, es clave para saber mientras pasaba las páginas que lo que estaba leyendo eran memorias y, por lo tanto, imágenes y discursos creados a partir de lo vivido.

Para este escrito propongo entender a la Memoria como un escenario de tensión y confrontación, en el que los sujetos o comunidades provocan el pasado desde el presente, en busca por ordenarlo para reconocer quiénes somos. Ese orden, parto de entender a las sensaciones y emociones como bases importantes para construir una identidad en el presente y estabilidad en el futuro; dicho de otra manera, considero que hablar de memoria es conversar sobre nuestras experiencias de vida, con aquellas palabras y pensamientos que nos produjo vivir lo que vivimos. Palabras y pensamientos que no son siempre certeros y algunas veces frágiles, como cuentan las Voces de Chernóbil[2]:

¿Para qué recuerda la gente? ¿Para restablecer la verdad? ¿La justicia? ¿Para liberarse y olvidar? ¿Por qué comprenden que han participado de un acontecimiento grandioso? ¿O porque buscan en el pasado alguna protección? Y todo esto, a sabiendas de que los recuerdos son algo frágil, efímero; no se trata de conocimientos precisos, sino de conjeturas sobre uno mismo. No son aún conocimientos, son solo sentimientos. Lo que siento.”, (Alexiévich, 2015, P. 59).

Asumir la existencia desde estos referentes es tener mayor tranquilidad sobre la misma: la memoria es un campo de reflexión que no tiene interés en categorizar a las personas (culpables, inocentes, sinceros, mentirosos); por el contrario, permite entender por qué hemos sido lo que somos.

“No era la vida en cautiverio lo que me quitaba la posibilidad de actuar bien o mal; además, la noción de bien o mal ya no era la misma. Había una exigencia superior. (…) Pero sentía que debía cambiar, no para adaptarme a la ignominia, sino para aprender a ser una mejor persona. (…) Empecé a observarme como nunca antes lo había hecho, comprendiendo que los mecanismos de transformación espiritual requerían una constancia y un rigor que era mi deber adquirir. Debía vigilarme a mí misma”, (Betancourt, 2010, P. 223-224).

Al respecto, es pertinente la diferencia que plantea Pierre Nora[3] entre historia y memoria. Parte de asegurar que la historia se compone de memoria, que es la que permite el recuerdo de los hechos vividos: la historia se refiere a los sucesos objetivos, analizados desde lo racional e intelectual, que han marcado la línea de tiempo de la humanidad, mientras que la memoria responde a las experiencias que surgen de dichos sucesos, que en algunas ocasiones pueden estar cargados de relatos de ficción.

Otro francés que propuso entender esta diferencia es Philippe Ariés, que en su obra Ensayos de la memoria 1943- 1983 (2016)[4], recuerda cómo mientras estaba en su cuarto leyendo libros para tratar de escribir lo que sucedía en su país, se dio cuenta al salir de la puerta de su casa que las personas se mataban entre sí. Él recurre a esta anécdota para resaltar la importancia de las microhistorias en la sociedad, aquellas que no tienen un valor exponencial para dar cuenta del contexto global de la guerra pero que conforman a la misma, y en la que reposiciona a la historia como una ciencia que debe ir a las pequeñas memorias de las personas para encontrarle sentido a la realidad humana.

Si bien este planteamiento de las microhistorias está pensando desde las personas de a pie, comunes y corrientes, y que Ingrid Betancourt por el contrario cuenta una historia de secuestro particular en tanto sobrevive en unas condiciones que serían distintas si no fuera por su condición política, no son motivo para descartar a No hay silencio que no termine como ejercicios de microhistorias.

El testimonio de Ingrid Betancourt se me hace interesante porque la memoria está puesta en la transformación del sujeto. Trasegar por sus historias es reconocer a una persona que se deja afectar por las relaciones sociales que va construyendo, mas no necesariamente demuestra en sus relatos ser consciente de que el secuestro fue una experiencia que confrontó su identidad.

Para justificar esta idea, traigo a colación a Yosef Yerushalmi cuando habla de los olvidos, las memorias y su relación con las identidades sociales. El historiador judeo-estadounidense sostiene que en el relato de las memorias existe una posición por parte del testigo que es clave tener en cuenta para saber que su relato vela por mantener la cultura y las tradiciones de donde venimos, y por lo tanto se conciben olvidos definitivos[5] que omiten aspectos y momentos que el relator considera no importantes.

En este punto cuestiono la narración de las memorias como un medio para reinterpretar lo que tenemos preconcebido: a pesar del paso del tiempo, a Ingrid se le hace complejo contemplar la vida desde otra posición que no sea la de su condición social, económica y política. La relación entre personajes (Ingrid-FARC) constantemente marcaba diferencias con la otredad. No hemos sido instruidos para otra cosa que alejarnos del otro a partir de nuestras condiciones sociales y diferencias culturales. Quiero decir que el conflicto armado y las clases sociales los leí en No hay silencio que no termine como escenificaciones que distorsionan el interés de mi lectura: reconocer la conformación despojada de las relaciones humanas.

“Yo era una mujer adulta, con la cabeza en su puesto. ¿Lograr comprender me sería de algún alivio? Tal vez no. Hay órdenes que se deben desobedecer, pase lo que pase. Obviamente la presión del grupo pesaba mucho. No solamente la de los tres hombres entre ellos, que habían recibido la orden de traerme y castigarme, y que los había llevado a encarnizarse en su barbarie, sino también la presión del resto de la tropa, que los aclamaría si habían cumplido bien su tarea de maltratarme. No eran ellos, era la imagen que querían tener de sí mismos, lo que había resultado fatal para mí”, (Betancourt, 2010, P. 38).

Es pertinente entender como otredad también al territorio. Para Ingrid “monte” era una denominación que se usaba para referirse a la cordillera de Los Andes, y este es uno de los tantos ejemplos en los que se observa que la educación y los imaginarios recibidos por ella distaban de otras realidades en el país, del que pretendía ser Presidenta. Con el paso del tiempo su noción de territorio fue cambiando, no solo desde lo físico, sino desde el lenguaje y sus significantes.

Como logro en medio de su retención, la autora se siente orgullosa de ir aprendiendo a convivir con las condiciones de la selva, incluso se atreve a planear la huida en varios momentos reconociendo sus pocas posibilidades de escapar y el conocimiento de las comunidades guerrilleras sobre el territorio. En este punto, destaco el espacio como un valor sumamente importante para hablar de memorias. No está de más afirmar que las relaciones sociales, es decir, experiencias de vidas, se sostienen de un entorno que influye en nuestras posiciones.

“Los loros y las cotorras de plumajes deslumbrantes hacían gran escándalo a nuestro paso. Salían volando de sus refugios, pero regresaban tan pronto nos alejábamos, lo que nos permitía admirar sus alas magníficas. (…) A veces, me parecía ver cardenales o ruiseñores, y me acordaba de mi abuelo, que los acechaba desde su ventana. Ahora lo comprendía, así como comprendía tantas otras cosas que antes no había tenido tiempo de meditar.”, (Betancourt, 2010, P. 213).

Alcanzo a interpretar en los relatos de Ingrid que estar en esos lugares selváticos fue clave para tramitar la pérdida de su padre, pues el vivir allí la llevaba a la necesidad y deseo de querer sobrevivir para replantear aspectos de su vida:

“Al día siguiente, Shirley se apareció temprano con un televisor en los brazos. Lo puso en la cama, conectó el reproductor de DVD y nos puso a ver ‘Como agua para chocolate’, la película basada en la novela de Laura Esquivel.

-Yo sé que es el aniversario de la muerte de su papá –me dijo-. Esto es para que piense en otra cosa.

Me hizo pensar en Mamá, que me había suplicado, algunos meses antes de que me secuestraran, que la acompañara a ver esta película. No lo hice: no tenía tiempo. Ahora lo tenía de sobra. Pero estaba lejos de Mamá y jamás volvería a ver a Papá. Al ver esta película, me hice a mí misma dos promesas: si salía de esto, aprendería a cocinar para las personas que quería. Y les dedicaría tiempo, todo mi tiempo”, (Betancourt, 2010, P. 362).

Tiempo que en las memorias de Ingrid tienen una importancia elemental para la vida, entendida desde una existencia donde no nos ponemos trajes de quiénes somos: profesora, estudiante, política, guerrillero, y desde la que sentimos los pequeños detalles de la naturaleza para con nosotros.

“Nos detuvimos al cabo de tres horas en un puentecito de manera sobre una quebrada. El agua era cristalina y canturreaba en su lecho como piedras blancas y rosadas. (…) Nos reíamos (con Clara) como niñas ante la felicidad sencilla de tomar agua fresca. Las cosas que rumiábamos en la soledad de nuestros pensamientos se convirtieron en tema de debate”, (Betancourt, 2010, P. 141).

El acto de publicar memorias podría poner al testigo en un escenario céntrico donde el resto de elementos juegan un papel secundario, y en mi caso, esta es una puerta abierta desde donde yo, como lector de No hay silencio que no termine, interactúo con el texto. Me llama la atención los agujeros negros de la memoria cuando se publica; o sea, esas omisiones intencionadas de las que hablaba Yerushalmi y que le dan trabajo al lector para hacerse preguntas sobre el tema en cuestión, lo cual es un punto a favor de la narración misma y fortalece el sentido de la memoria como un campo que promueve el diálogo y la interacción, pues finalmente se trata de intercambiar experiencias.

Por ejemplo, el primer idioma en el que se publicó el libro fue el francés: ¿Qué es el conflicto armado en Colombia para un francés que leyó No hay silencio que no termine? En el país se han publicado críticas literarias[6] que han ahondado en el hecho de que en otros relatos de otros exsecuestrados, sus memorias narran una imagen no muy favorable de Ingrid, que si bien es un punto interesante el cual exige leer por ejemplo el libro de Clara Rojas, Cautiva. Testimonio de un secuestro[7], insisto en que es clave comprender que los relatos de memoria no tienen el objetivo de responder a sucesos históricos desde un escenario político, aunque podrían aportar al debate.

A propósito de Clara Rojas, la relación de Ingrid con ella me llamó la atención durante la lectura. Desde las primeras páginas se hace evidente la ruptura de posturas que hubo en medio del secuestro, lo cual iba dejándome una pregunta concreta: ¿Cómo pretendían llegar a la presidencia de una Nación dos personas que no se conocían, al menos no en el escenario de la vida?

En esta relación observé un ejercicio de memoria sobre las memorias: cuando Joaquín, un jefe guerrillero le preguntó a Ingrid sobre la petición de Clara en buscar tener un hijo, la autora se ve en un conflicto dado los problemas que ha tenido en la convivencia con ella; sin embargo, apela al reconocimiento del estado en el que se encontraban y en este caso, como en muchos otros, trata de dar los consejos más sensatos para el momento.

Sin embargo, me pregunto por qué en sus relatos Ingrid decide omitir la humanidad de Clara. En los momentos en que su compañera de campaña presidencial aparece, es cuando existen intentos de fuga donde Betancourt es quien siempre traza los planes y le tira línea de acción a Clara; así como cuando pasan hechos de conflicto de convivencia entre ambas. Queda la sensación desde No hay silencio que no termine que Clara es un ser pasivo, individualista, egoísta y hasta grosero, pero hay momentos puntuales donde su presencia es opacada por la Ingrid; por ejemplo, cuando Clara le propone, en vez de intentar la fuga, escribir una carta política a Manuel Marulanda. Esta idea es rechazada autoritariamente por Ingrid.

Este caso lo podemos interpretar desde Tzvetan Todorov[8] cuando nos habla de las memorias ejemplares, como aquellas de las que hacemos uso en momentos de conflicto donde la experiencia es ese elemento que nos permite tomar mejores decisiones en el presente, para el futuro. Según el búlgaro, los hechos vividos dejan sensaciones negativas y positivas que en el tiempo presente hay que filtrar para continuar con la existencia. Esta elección parte de posturas subjetivas en la que se le da sentido al pasado, evitando dejarla solo como un espacio donde se almacenan recuerdos.

No hay silencio que no termine tiene un componente político bastante explícito pero pocas veces la posición de Ingrid sobre las situaciones es clara o al menos cuestionadora. Por ejemplo, frente al gobierno guerrerista de Álvaro Uribe Vélez, que ponía en riesgo su seguridad, no hay una postura crítica por parte de la autora; mientras que cuando estaba bajo la custodia de Martín Sombra, y al viajar en lancha ve “montones de toneles de color azul rey en medio del verde generalizado. La droga, maldición de Colombia” (Betancourt, 2000, P. 273), alcanzo a leer una posición cliché frente a un problema tan serio del país. Me hubiese gustado encontrar posiciones alternativas por parte de ella. No obstante, se le hace muy difícil desmarcarse de esa posición ortodoxa en la que fue educada y centra sus debates políticos solo con los guerrilleros.

Las narraciones de Ingrid Betancourt, si bien son desmedidas en algunos fragmentos cuando trata de ignorantes, ingenuos y pobres a los guerrilleros, deja entrever falencias contundentes en lo que algún momento se llamó un grupo revolucionario: me sorprendió leer el trato de algunos guerrilleros sobre la naturaleza: el fragmento en el que alguien sin motivo alguno dispara contra un ave me pareció aterrador. Sin ocultar que las FARC y ELN han sido actores clave para conservar el medio ambiente en Colombia, no deja de remover el hecho de imaginarse que un grupo que se supone con acciones alternativas tenga este tipo de prácticas con la naturaleza.

Este libro nos recuerda que no todos los guerrilleros tienen ideología de izquierda. Hay quienes simplemente hacen parte de grupos armados por su gusto por disparar o matar, o porque sencillamente no tenían otra alternativa para su futuro. De la misma manera, no deja de ser particular que en este grupo revolucionario se repliquen prácticas conservadoras como lo es el patriarcado, donde las mujeres tienen unas funciones muy bien definidas y preestablecidas; y el totalitarismo que puede surgir en la convivencia a pesar del diálogo.

“Yo le respondía (a Ferney, guerrillero que en varias ocasiones hacía de guardia) que las FARC no hacían nada por combatir la pobreza y que, por el contrario, su organización se había convertido en un engranaje importante del sistema que pretendía combatir, pues era fuente de corrupción, de tráfico de drogas y de violencia.”, (Betancourt, 2010, P. 220).

Por otro lado, es evidente que el secuestro aportó a Ingrid y a su sujeto político: conoció el país, otras formas de ver la existencia, de relacionarse con el otro, la naturaleza, pero sobre todo de entender la política desde nuevos paradigmas: ya no existía una política corrupta, una política justificada desde el poder. La política ejercida por Ingrid y sus compañeros retenidos, tenía que ver con elementos como la confianza, el trueque, el silencio, el desprendimiento de lo material, la adaptabilidad a los territorios y a las condiciones. ¿Podríamos hablar de memorias políticas?

Leer a Ingrid Betancourt es reconocer a una persona con una tremenda capacidad de observación, con una inteligencia e intelecto que me ha resultado apasionante de leer desde su relación con personas que vienen de una clase social distinta y desde unos paisajes muy alejados a los que ella estaba acostumbrada. Es de resaltar cómo puso en tensión su identidad con otras en diferentes momentos y escenarios, algo que desde su testimonio Clara Rojas prefirió evitar. En sus relatos, Ingrid se representa a sí misma como una líder innata, que siempre va hacia adelante con sus posturas defendiendo las causas de sus compañeros y de los desfavorecidos, alguien que cuando puede intenta impartir justicia. Es recurrente en su forma de narrar la necesidad de dejar claro que en su etapa política combatía la corrupción y se leía como alguien diferente al sujeto político colombiano promedio.

Me queda la duda sobre la presencia de un ghostwriter[9] en la obra, pero más allá de este dato, la lectura del libro se hace muy fácil y placentera gracias a un lenguaje directo, sencillo, que no hace recurso exagerado de las metáforas para representar recuerdos. A pesar de los prejuicios políticos y culturales con los que llegué a No hay silencio que no termine, el libro me generó sentimientos inesperados. Por ejemplo sentir miedo mientras Ingrid describía su relación con el “Mocho” César, uno de los comandantes con los que se relacionó:

-La plata le interesa a todo el mundo. Especialmente a las FARC. Mire cómo viven sus comandantes. ¡Además, ustedes matan, pero a ustedes los matan también! ¿Quién le garantiza que a final de año va a seguir vivo?

Me miró sorprendido, incapaz de imaginar su propia muerte.

– ¡Eso a usted no le conviene!

-Yo sé. Por eso le deseo que viva harto tiempo.

Con sus dos manos me apretó la mía y se despidió diciendo:

-Prométame que se va a cuidar.

-Sí, lo prometo.

El Mocho César murió dos meses más tarde en una emboscada que le tendió el ejército.”, (Betancourt, 2010, P. 163).

Sentía miedo con la anécdota del “Mocho” César porque la vida puede ser muy efímera, a veces por causas que no tienen mucho sentido. Causas que en algunas ocasiones nos hacen perder el rumbo de lo que verdaderamente nuestro ser… pide ser. Hay personas que se mueren sin haber conocido -o al menos estar cerca de sentir- qué les pedía evolucionar su espíritu.

Este tipo de fragmentos sin duda alguna resaltan cuán frágil puede ser la guerra. Como lo decía al principio de este ensayo, la guerra como escenario que despista lo realmente importante: los tejidos sociales, pero a los cuales llegan los testimonios de memoria para volver a develarlos y dar un sentido distinto de lo que percibimos a través de los medios de comunicación y discursos sectarios.

Con este libro, y viendo las disputas entre un bando y otro, siento que en Colombia dedicarse a la política es una buena manera de perder el tiempo.


Referencias

[1] Betancourt, I. (2010). No hay silencio que no termine. Bogotá: Aguilar.

[2] Alexiévich, S. (2015). Voces de Chernóbil. Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial.

[3] Nora, P. (2009). Entre memoria e historia. La problemática de los lugares, Pierre Nora en les lieux de Mémoire. Santiago de Chile: Trilce, pp. 19-38.

[4] Ariés, P. (2016). “El tiempo en la historia”, en Ensayos de la memoria 1943- 1983, Buenos Aires: Waldhuter, pp. 47-60.

[5] Yerushalmi, J. H. Reflexiones sobre el olvido, Usos del olvido. Comunicaciones al coloquio de Royaumont, Buenos Aires: Nueva Visión, pp. 13-26.

[6] Bataillon, G. (2011). Reseña de “No hay silencio que no termine” de Ingrid Betancourt. Universidad del Valle. Cali: Revista Sociedad y Economía, núm. 20, P. 315-318.

[7] Rojas, C. (2009). Cautiva. Testimonio de un secuestro. Barcelona: Mosaico.

[8] Todorov, Z. (2015). Los abusos de la memoria. Barcelona: Paidós.

[9] En español escritor fantasma. Anglicismo usado para referirse a un escritor profesional a quien se contrata para escribir por cuenta de o bajo el nombre de otra persona autobiografías, cuentos, artículos o novelas.


Bibliografía

Alexiévich, S. (2015). Voces de Chernóbil. Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial.

Ariés, P. (2016). “El tiempo en la historia”, en Ensayos de la memoria 1943- 1983. Buenos Aires: Waldhuter, pp. 47-60.

Bataillon, G. (2011). Reseña de “No hay silencio que no termine” de Ingrid Betancourt. Universidad del Valle. Cali: Revista Sociedad y Economía, núm. 20, P. 315-318.

Betancourt, I. (2010). No hay silencio que no termine. Bogotá: Aguilar.

Nora, P. (2009). Entre memoria e historia. La problemática de los lugares, Pierre Nora en les lieux de Mémoire. Santiago de Chile: Trilce, pp. 19-38.

Rojas, C. (2009). Cautiva. Testimonio de un secuestro. Barcelona: Mosaico.

Todorov, Z. (2015). Los abusos de la memoria. Barcelona: Paidós.

Yerushalmi, J. H. Reflexiones sobre el olvido, Usos del olvido. Comunicaciones al coloquio de Royaumont, Buenos Aires: Nueva Visión, pp. 13-26.

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